El cuerpo y el sonido del metálico en la fábrica en el trabajo, en la cola de la búsqueda de que alguien le compre su fuerza brutal, es el cuerpo en devenir metál, en devenir alambre, en devenir postrado patriado.
Ya no hay voz, queda solo la sirena que entabla el tiempo para que los cuerpos se nutran para seguir con la jornada laboriosa que dios, cómplice a la madrugada, ayuda a ganar el pan mientras desde abajo carcajea. Adan y Eva, uno cargando y otro soportando, tanta mierda semántica entre sus genitales, laburan en el subsuelo de un depósito de cuerpos metalúrgicos.
Los pulmones se llenan de hierro, de encierro, de acero y de una gravedad tan inmensa que al final del día caen aspirados, fulminados. Entonces los cuerpos se inflan en densidad, en tensidad, respiran un oxígeno tan finito que se le mete por el paladar, por la laringe y se apropia de la garganta entera y hasta del fondo del lenguaje y entonces esta sospecha ideológica de lengua es tumba.La explotación del hombre por el hombre deviene en esta certidumbre inmsonme, esta certidumbre de no tener el oxígeno suficiente para crearnos con palabras nuevas. Ellos nos relatan hacia los subsuelos enajenados y fabriles, nos relatan con fragmentos de seres vivos y nuestros.
Queda tan solo la huella de un tacto raquítico en las manos chamuscadas por el excedente para que el cuerpo se conforme, en esas noches extensas, con acariciarle el lomo a su compañero hasta disolverse en una llaga, en una ampolla. en un ardor de vida proleta.
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