"... Y creo que si alguna vez nos toca
quedarnos sin palabras es bueno que sea porque estamos maravillados y no porque
estamos vacíos... eso.” Liliana Bodoc
A veces se me cae un miedo de la panza, un
terrorcito que me come las entrañas del lenguaje. Me anula la lengua, la hace
un nudo y me espantapájaros. Entonces es cuando mi boca se va de bucólica, y se
aísla junto con la luz mala. El terrorcito me regala lo mudo del verbo
impronunciable porque sabe que las palabras, a veces, ocupan mucho aire. El
miedito que se escapa de la panza me seduce con la disyuntiva de respirar o
simplemente escuchar. Los terrores nos ponen a prueba, la panza nos molesta. Mi
boca se va de bucólica, una boca prehistórica de besos fósiles. No conocer mi
propia voz me convierte en piedra y callo. Me convenzo de que lo heroico es
intentar tener la voluntad de asfixia y desvanecerme con tu voz acurrucada en
mis oídos. Pero las palabras nos sobreviven, nos cadaverizan y nos traicionan.
La muerte no existe, existe lo muerto y las lenguas muertas y la voz que ya no
baila en el aire. Tengo un hambre voraz de palabras de hombre que carcome mi
lengua y mi gargagarganta. La antropología del nhombre o lo antropófago del
nhombrar. Comerme el nombre es comerme al hombre. Qué perversa esa manía de
llevarme todo a la lengua. Lánguido es el movimiento de esa lengua suicida que
se acerca al precipicio de la poesía. Es terror porque no sabe si mantenerse
famélica o morder el vértigo del lenguaje.
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