sábado, 20 de diciembre de 2014

Antropofagía

"... Y creo que si alguna vez nos toca quedarnos sin palabras es bueno que sea porque estamos maravillados y no porque estamos vacíos... eso.” Liliana Bodoc

A veces se me cae un miedo de la panza, un terrorcito que me come las entrañas del lenguaje. Me anula la lengua, la hace un nudo y me espantapájaros. Entonces es cuando mi boca se va de bucólica, y se aísla junto con la luz mala. El terrorcito me regala lo mudo del verbo impronunciable porque sabe que las palabras, a veces, ocupan mucho aire. El miedito que se escapa de la panza me seduce con la disyuntiva de respirar o simplemente escuchar. Los terrores nos ponen a prueba, la panza nos molesta. Mi boca se va de bucólica, una boca prehistórica de besos fósiles. No conocer mi propia voz me convierte en piedra y callo. Me convenzo de que lo heroico es intentar tener la voluntad de asfixia y desvanecerme con tu voz acurrucada en mis oídos. Pero las palabras nos sobreviven, nos cadaverizan y nos traicionan. La muerte no existe, existe lo muerto y las lenguas muertas y la voz que ya no baila en el aire. Tengo un hambre voraz de palabras de hombre que carcome mi lengua y mi gargagarganta. La antropología del nhombre o lo antropófago del nhombrar. Comerme el nombre es comerme al hombre. Qué perversa esa manía de llevarme todo a la lengua. Lánguido es el movimiento de esa lengua suicida que se acerca al precipicio de la poesía. Es terror porque no sabe si mantenerse famélica o morder el vértigo del lenguaje.

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