Esa manía de creerse ángeles, sacar su
billetera y echarse a volar. Esa costumbre de comprar el amor sin rostro,
bastante barato, abrirme la puerta del auto y bajarse el cierre del jean
–pensaba. La maldita de piel rocosa ahogó esa verguita en la oscuridad de su
bocanada venenosa, aquella sin fin ni retorno. Lo acabó. Ya disecado y
consumido, el viejo terminó de palidecer.
Otro viejo boludo que usa viagra.- pensó.
La maldita de mil lenguas, le sacó la billetera, le cerró los ojos y le guardó el muertito de nuevo en el jean. Se prendió un pucho, pensó en la leche y el pan que tenía que llevarle a su hija para que desayune antes de ir al colegio y, que por suerte, mañana le iba a poder dar como regalo de cumpleaños esa muñequita que tanto había visto en la vidriera de la juguetería.
La maldita de mil lenguas se alejaba del auto, se desvanecía con el sonido de los tacos contra el asfalto. Titilaba el cigarro cada vez más lejos del viejo tieso. Y sonreía, convencida de que los ángeles realmente existían.
Otro viejo boludo que usa viagra.- pensó.
La maldita de mil lenguas, le sacó la billetera, le cerró los ojos y le guardó el muertito de nuevo en el jean. Se prendió un pucho, pensó en la leche y el pan que tenía que llevarle a su hija para que desayune antes de ir al colegio y, que por suerte, mañana le iba a poder dar como regalo de cumpleaños esa muñequita que tanto había visto en la vidriera de la juguetería.
La maldita de mil lenguas se alejaba del auto, se desvanecía con el sonido de los tacos contra el asfalto. Titilaba el cigarro cada vez más lejos del viejo tieso. Y sonreía, convencida de que los ángeles realmente existían.
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